lunes, 21 de enero de 2013

Elogio al oportunismo

Macarras y radicales
haylos en cada lugar
mas no se confundan ustedes
que no todos son igual.

ETA criminales malvados
democracia no es terror
IRA románticos trasnochados
rebeldía ante el invasor.

Mano Negra te echan de menos
el mito del bandolero
GRAPO tu débil herencia
dejaste muchos banqueros.

Dominio del cómo y el cuándo
nuestra auténtica moral
Ultraviolencia mola
y Kurt Russell fenomenal.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Sade / Dickens


La diferencia entre Dickens y Sade es la diferencia entre lo bello y lo sublime. En las historias de Dickens, el bien se encarna en un héroe que se encuentra en un mundo perverso. Pero el héroe o heroína, con mayor o menor dificultad, hace su camino; encuentra una brecha en la perversidad, se enfrenta a ella y la derrota con la ayuda de la suerte o de algún otro pequeño héroe. En Sade, en cambio, la perversidad se despliega en toda su grandeza, ella se muestra como irresistible y fatal. El bien es arrinconado y ridiculizado... el caos y la tormenta arrojan al hombre contra la roca escarpada, destruyendo todo signo de bondad y piedad, valores que a posteriori se revelan débiles e inútiles... entonces emerge la verdadera civilización, como culto al terror organizado y refinamiento de la crueldad.
Ahora bien: querámoslo o no, nosotros somos hijos de Dickens. La ideología seudoprogresista blanca, de anuncio de UNICEF, con que se almuerza el pueblo, es la de Dickens (socialdemocracia). Esa es la que nos es propia: congratularnos en la bondad, el maratón navideño, "pastillas contra el dolor ajeno". Hay buenos y malos. Los malos pierden y tú siempre ganas. Es admirable cómo Sade nos prohíbe reconciliarnos con la falsedad: él es un cínico sin complejos, como ésos que se desayunan vidas humanas como dígitos al abrigo de los índices de mercado. Y, precisamente por eso, es también un revolucionario. Él contiene la virtud como contiene el terror. Sade el incorruptible. El incondicional: sólo me entrego a aquél a quien puedo destruir. En un mundo lleno de Sades, sufrimiento y placer serían intercambiables y transitivos, en lugar de estar separados, alojados el uno en los fuertes y el otro en los débiles. Repite con Sade: el mal es indestructible, y la moral su alimento. Hay que acabar con el regocijo moralista y afrontar el terror con valentía.
Conclusión - Dickens es repulsivo, y VIRTUD ES TERROR.

¡No sin mi ficción! (mentira y arte del vivir)

¿Cómo se puede decir "yo soy..."? ¿Soy acaso capaz de salir, y luego volver, sobre un mí petrificado, inerte, al mismo tiempo objetivable, y emitir el juicio "yo soy"? 

¿Quién "es", el designador o el designado? Continua disolución del ser en el instante, emborronamiento y confusión entre el nombre y lo nombrado, voluntad múltiple que en vano pugna por su unidad. Nada puedo ser sino una representación de mí mismo, mi personaje, al que me voy sometiendo una y otra vez, al que voy validando en cada acto, en cada decir. Sólo mi personaje es, más no es sino pura ilusión. Mi voz, mi pensar son aquí autómatas al servicio de un oscuro pasajero: confluyen sólo en la apariencia. "Soy", pero inmediatamente devengo; devengo, jamás soy, pero debo tener esa fantástica ilusión: "yo soy..."

jueves, 20 de diciembre de 2012

Micromanifiesto por una fenomenología del capricho.

Somos gente seria. Nada queremos con una filosofía del rigor, una filosofía de cazadores. La precisión, la crueldad, el gran trofeo nos dan náuseas. Apostamos por un pensamiento que tropieza y espanta a la manada, por una mueca torcida y una risa terrorífica. El pintor de signos no limpia sus pinceles, los usa hasta que se pudren y luego se pone a otra cosa. Nuestros motivos son "para llevar la contra".

Queremos explicarnos.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Alzheimer

Olvidas, galeno,
Que nada valen tus cuidados.

Tienen los fármacos
Que reconocer su fracaso,
La esterilidad de todas las revoluciones y equipos de investigación.
Nada podéis hacer por el alma
Deshecha y abandonada,
No con vuestros cuidados.

Tanto más os parecéis al desguazador
Con vuestros ingenuos cálculos,
Vuestras brutales manipulaciones,
Lavadoras usadas, amasijos de tierras extrañas,
Herrumbre,
Levas magnéticas, cadenas, incrustaciones,
Microchips, nanotubos...

Nada sabéis de la costumbre,
El bicho se os resiste.
Preguntadle al publicista.
Consultad al campaign-designer.
Al marketing-assistant-
-deputy.

Despreciáis al espíritu.
Descuidáis la noche de lo real.
Os lleva Maria Teresa Campos
Doscientos años de ventaja.


sábado, 10 de septiembre de 2011

Ni tener ni nada.

A ver si estás a lo que estás y miras internet de vez en cuando.

Yo ayer me bebí un vaso de internet y pensé que había comprendido muchas cosas.

Yo hago internet, yoga y taichí todos los días. También un poco de sardana.

Un poquito de internet después de comer sienta bien. Dicen que las sales de frutas ya no sirven. Que internet es la sal, la de la vida.

Internet está en la marisma del Guadalete. Lo encontraron al lado de una dorada de estero muerta porque no sabía comer otra cosa que no fuera pienso.

Después de hacer internet me limpio bien. Luego le doy a un botón, suena algo cayendo y me acuesto.

miércoles, 6 de julio de 2011

La canción de mi verano



Verano,
verano,
verano.

Verano,
verano.
De veras
no no no.

No verás,
no verás, no.
Verano.


Para ser un beach boy actual
no hace falta saber surfear.

Es el principio de tu musical
cuando se oye una ola del mar.

A bailar todo el mundo,
a ponerse a cien.
Puedo ser un tipo chungo
pero estoy bien.


Existe el consuelo.
Todo es más fácil.
¡No te ates al mástil!

miércoles, 23 de marzo de 2011

Pasteles envenenados

A este paso, las superpotencias van a convertir la guerra en algo que también se pueda comprar: ¡financiamos tu propia guerra privada! La gente se va a volver loca, todos quieren guerra, la vuelta de tuerca, la última commodity, la más sofisticada que creó el hombre. El objetivo para XXI es que el ciudadano coma pizza de ántrax, que duerma encima de un misil. En breve, la chaqueta del businessman será sustituida por el uniforme GI-Joe, complementada cuanto menos con el chaleco antibalas - una solución sobria, de compromiso.

Europa ha destrozado el mundo. La corneta de guerra es la melodía del planeta - una guerra con galletas de chocolate Cadbury, flores de plástico y panfletos prologados por premios Nobel deslizados bajo la puerta de cada domicilio.

Todo lo que el hombre crea -lo que produce- lucha entre sí, en lugar de aspirar a la unidad o a la armonía. Sólo existe la espera de la muerte, el silbido ensordecedor del cohete que anuncia el cemento resquebrajado, montones de acero en formas abigarradas despejan el paso a la guerra a través de circunvalaciones y túneles metropolitanos. Chirría el metro y una corriente de aire caliente absorbe las bolsas de patatas vacías, que revolotean por una fantasmal estación de metro del extrarradio. Enormes edificios de la administración contienen el aliento, avergonzados. Quizá expectantes. Disparos de metralleta van a dar a la luna de una pastelería: "Rosa del sur". Los daños son mínimos a causa de un blindaje que en su momento todos calificaron de ridículo, innecesario, un capricho del dueño. Un milhojas rosa, casero, es el producto estrella del "Rosa del sur". Todos los que lo compran saben, pero no reconocerán jamás, que el milhojas está hecho de sangre y una pasta confeccionada con bonos del estado y acciones de Exxon Mobile en proporción variable. Las cosas del maestro pastelero. Un personaje enigmático, extravagante, sí, pero...¿quién te dijo qué echar a tu guiso? Y ese ligero aftertaste... ¡irresistible!

(el dulzor aquí sólo emerge tras el inconfundible paladeo de Su Muerte; después de todo, algo imperceptible, un bitter twist, pero la nota de color del manjar, sin duda).

Cintas coloradas, ruido de platillos y espumilla llenan la calle. ¡Todos a cantar, es el carnaval de la muerte!

Un funcionario luxemburgués se está sonando los mocos en este preciso momento con un documento que ha tomado de un cajón cualquiera de su despacho en Bruselas. En un diván confeccionado con huesos de africanos y rematado con cocaína, el poder sonríe y extiende su mano, mostrando una lujosa sortija que fue tallada sólo para tus labios. ¿No la besarás acaso?

martes, 15 de marzo de 2011

La destrucción del castellano.

Hace meses llegué a la conclusión de que lo primero que debemos hacer para revertir la triste situación del país es destruir nuestra lengua. Examinándola constantemente -durante T, a cada t sub i que la empleo-, cuestionándola, inquiriéndole por nuestro pasado y nuestro papel como nación, me incliné por resolver que es una lengua absolutamente incapaz y obsoleta para la coerción, la persuasión e incluso para la misma conversación, no digamos para el dominio del mundo.

Tengo sobre la mesa tres plicas con propuestas muy interesantes de diferentes lingüistas que me autorizan y citan en cotilleos privados. Enmohecidos en sus departamentos de universidades locales, sentados en carcosillas que crujen y traquetean, pretenden reabrir vías de expansión para el castellano, repensar el idioma. Ni sentados, qué digo, son becarios aplastados contra montañas de revistas y artículos antiguos, enyugados a un collar de hierro; formulan hipótesis de pie, las rodillas temblorosas y recosidas, agarrando bolígrafos mordidos que les tiran las secretarias al pasar. Todos estos muy venerables ácaros coinciden, por error, en un principio común como única esperanza para una ulterior expansión: la necesidad de involución del castellano al occitano, una lengua que en estos momentos languidece diseminada en formas variables a lo largo del sur de Francia. ¡Ojo!

Con ser más cercano al catalán y al francés, y con esa su debilidad, su poca raigambre, confían en provocar la conmiseración en nuestros vecinos, supongo, apelan a ese efecto pasivo-transitivo de la humillación. ¡Es preciso subrayar su sagacidad! ¡No la belleza intrínseca del lexema occitano, o la musicalidad de su sonido, lo que los lleva a este hallazgo! No un examen concienzudo en términos de rigor sintáctico, robustez, adaptabilidad, no. ¡Es la compasión la que prima, contaminar a las otras lenguas el único objetivo! Una estrategia nada desdeñable: buscar los flancos débiles en la invasión lingüística, partir no desde el propio lenguaje, desde la creación, sino desde la herida; asomar la nariz a través hendiduras ocultadas por el polvo, penetrar en los vericuetos de la infamia europea, cantar a la destrucción por el paso del tiempo. Sembramos una antisemilla, buscamos la creación desde la nostalgia: apostamos por la pena, aléjeme yo de la gloria.

Poca novedad podemos reportar desde estos anuncios -¿sin duda, ajenos a la prensa nacional?-. Me hallo betatestando estos idiomas en una colonia garrular de la meseta, hasta el momento con resultados bastante desalentadores: resulta casi imposible lograr que los individuos capten la suavidad interdental de la doble s.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Informe Anual



no digas: prudencia y hiphop
di: falta de inspiración
cuando no canto yo
canta un robot

vivir en permanente
estado de transición
algo así: como amor
pero no encontrar ni dolor

te pongo unas campanas
y parece navidad
te pongo un scratch
¿y parece entonces rap?

todo sigue pareciendo lo que es
sigo bailando no me ven
canto entre dientes y no oyen
menos mal

porque si me preguntan
tendré que decir la verdad
que esto es un informe
un informe anual

y si te preguntan di
que ni bien ni mal
then-see-oh
then-see-ah

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Otra de patos.

A ver, ‘Infierno de cobardes’. Si la ha visto, seguro que recordará la primera escena: Clint Eastwood atraviesa la calle principal -la única calle, realmente- del típico pueblo perdido de la mano de dios y desacostumbrado a los forasteros. Desacostumbrado a todo género de sorpresas, vaya. Lo hace sobre un caballo pardo, cabalgando con lentitud. A medida que avanza, la poca población de aquel pueblucho olvidado se asoma al umbral de sus casas observando el paso del jinete a lo largo de su calle. La gente lo mira con extrañeza. También con desconfianza, ¿vale? Todos se preguntan qué leches está haciendo ese tipo ahí, en aquel pueblo. ¡Pero atento! No se puede hablar de curiosidad. En la situación, en todo el conjunto de la situación, se advierte que la llegada inesperada del jinete está rodeada de algo que no merece la pena intentar comprender. Hay quien le sostiene la mirada desafiantemente. ‘Ojo con lo que hayas venido a hacer a nuestro pueblo, forastero’. Se ponen en guardia ante la premonición, intentando defender lo que son. Pero en el aire se siente que la visita va a tener una trascendencia, y que no queda más que esperar y aceptar. No se sabe qué clase de trascendencia tendrá la visita, pero desde luego, cuando el desconocido entra en escena, todos saben que su aparición no concluirá cuando éste cruce el pueblo de extremo a extremo y se pierda en la lejanía. Algo cambiará. Aunque sea un algo imperceptible. Y me abstengo de entrar en detalles, porque tampoco quiero reventarle el final de la película si es que no la conoce. La cosa es que la aparición anuncia un cambio. Quizá pequeño, eso no se sabe aún. Pero será un cambio profundo, no cabe duda. Profundo seguro que sí.

Pues bien, ahora hágase una idea. Le estoy hablando de un lugar en el que nunca pasa nada. O por lo menos, nada fuera de lo normal… considerando las rarezas de cada uno de los habituales parte de ‘lo normal’, ¿me explico? Un sitio tranquilo. Aún existen y no son pocos, créalo. Un lugar que puede llegar a emocionar por la ausencia de sobresaltos. Suspendido en una rutina pactada a la que puedes dar la espalda sin temor a que se te abalance por la espalda. Un sitio que ni crece, ni mengua, ni envejece, ni mucho menos rejuvenece. El mismo escenario y las mismas caras, o todo lo más, los nuevos hijos de las mismas caras. A ver, tampoco hace falta que me ponga poético, ¿no? Ya sabe por dónde voy… Pues allí estamos. Los de siempre, donde siempre, cuando siempre. Todo como siempre. Y de buenas a primeras, un hombre sentado en la plaza gira la cabeza y siguiendo su mirada, allí aparece: Ese pato blanco, pequeño, torpe y de expresión estúpida caminando a lo largo de la calle principal de nuestro lugar.

Ya le dije antes que esta historia tiene su parte de estúpida. Eso no se lo discuto. No pretendo que la encuentre interesante. Se la cuento porque, aunque el relato en sí pueda parecer una imbecilidad, si ahora mismo estoy yo aquí contándosela a usted, es porque tuvo su trascendencia. ¿Me dirá que no?

Déjeme seguir y no se haga preguntas inútiles. Es más, déjeme acabar. No intente darle demasiadas vueltas a lo que le estoy contando. No pretendo marearle. No entre a desmenuzar detalles sin importancia, ni intente encontrar aquí más de lo que de verdad hay. Y haber hay bien poco... Escúcheme. No le pido otra cosa.

Podría usted entretenerse en buscar explicaciones y hablarme de la migración de las aves, de animales perdidos del grupo e incluso de mascotas abandonadas en gasolineras si le viene en gana. Hábleme de cómo la casualidad mueve todo desde que el mundo es mundo y luego si quiere explíqueme que una casualidad no es más que una multitud de causales aparentemente inconexos convergiendo en un mismo punto, y que por lo tanto una casualidad no es más que una aparente casualidad. ¿Qué importaría todo eso? Yo le digo que en aquel lugar no se había visto un pato jamás. Créalo. Así de sencillo. No es que los tuviésemos prohibidos o que nos hubiésemos parado a analizar nuestra existencia para llegar a la conclusión de que la ausencia de patos en nuestro lugar constituyese parte de nuestra esencia o una razón de ser. Simplemente, aquel pato no debería haber estado ahí. Nada más.

En mitad de nuestra bien amada tranquilidad irrumpió un factor no sólo inesperado, sino completamente desubicado y fuera de lugar. El aspecto tonto y estúpido de aquel pato, carente de cualquier atisbo de majestuosidad o elegancia, volvía más grosera su aparición. Era tan inconveniente que aquel pato estuviese allí que incluso se veía despojado de lo que de gracioso y simpático pudiese tener. El bamboleo de su trasero, la torpeza de su trote, su girar la cabeza a un lado y al otro como saludando a los que nos encontrábamos estupefactos a ambos lados de la calle. Todo ello transmitía por inoportuno una siniestra arrogancia a pesar de lo inocente e inofensivo del animal.

El pato caminó por mitad de la calle principal y un grupo de hombres que fumaban en una esquina interrumpió su conversación al verlo pasar. Una mujer que tendía la ropa de su bebé recién lavada quedó paralizada en el momento exacto de cerrar una pinza sobre el cordel. Tras una ventana, una chica miró como si lo hiciese a través de una pantalla de cine, como si su realidad acabase al contacto con el cristal y desde allí comenzase entonces una escena distinta a la suya. Unos niños que allí jugaban recogieron guijarros del suelo y tensaron sus músculos haciendo piña al paso del pato. Se ponían en guardia como los pistoleros frente al forastero, advirtiendo de que si llegase a ser necesario utilizarían la fuerza para no ser arrastrados por el absurdo. Un gato aprovechó el momento de distracción para beber agua del vaso de su dueño. Una pareja se miró de reojo a una misma vez. El desconcierto recorrió el lugar de extremo a extremo, al mismo ritmo con el que el pato recorrió nuestra calle principal. Un señor situado en la línea que seguía el pato se hizo a un lado respetuosamente, abriéndole el paso y evitando entorpecerle la marcha. Y en el momento en el que el ave alcanzó el final del camino, todos sostuvimos la respiración un instante aguardando a ver si el pato de verdad abandonaría el pueblo o se detendría allí, permaneciendo en nuestro lugar como bandera de la locura, obligándonos a convivir con él, a cruzárnoslos cada mañana para recordarnos nada más comenzado el día que ya no éramos los mismos. El pato nos daría los buenos días con un graznido desentonado y con un escalofrío sentiríamos que aquella normalidad que un día pactamos y dimos por buena y segura no volverá jamás. La anomalía la corrompió y lo que es anómalo nunca podrá ser normal, de manera que nosotros nos veríamos avocados a vivir por siempre en una situación abierta al desorden. La absurda marcha del pato a lo largo de nuestro lugar simbolizaría entonces el funeral de lo establecido, de lo aparentemente sólido y fiable, de toda certeza.

Pero el pato continuó su marcha. Abandonó nuestro lugar y lo vimos alejarse dejándonos con el miedo en el cuerpo a que en cualquier momento se diese la vuelta arrepentido y lo viésemos regresar con nosotros para pedirnos un asilo que nunca podríamos evitar darle.

Ese temor fue apaciguándose en los días posteriores. Poco a poco, lo cotidiano volvió a tomar las riendas de nuestra existencia con su promesa de que todos estaríamos a salvo bajo su protección. Nos olvidamos de aquel episodio, o quisimos olvidarnos, refugiándonos en la idea de que lo ocurrido no había tenido importancia. Entre nosotros nunca hablamos de aquello, ¿sabe? No sé a ciencia cierta si el resto de la gente allí le da a la anécdota la importancia que le doy yo, pero aquí me tiene hablándole de un pato como si se tratase de Jesucristo. Mire, mejor que lo dejemos aquí. Le dije que no quería marearlo y ya he faltado demasiado a mi palabra. Al fin y al cabo, sólo se trataba de un pato y dios sabe dónde andará el jodido a estas alturas. Con perdón… Si quisiese volver, seguro que lo tendría bien complicado. Seguro seguro, ¿que no?

sábado, 4 de septiembre de 2010

El rito.

Una vez, dos veces, tres veces. Ese conejo no sabe que estoy aquí. El viento en contra, los ruidos son confusos, el Sol más alto, el calor aturde. Sabe que algo diferente ocurre. Sobre las señales lo sabe.

...

Me regalaron una brillante e inoxidable navaja suiza. La blandía con orgullo frente al vientre hinchado. La piel se abría, sin esfuerzo, como el plástico de las bandejas de carne. Luego la desnudez, la vergüenza bajo el vestido. Un corte más y la inmundicia escapa del escondite. Cavidad oculta por fea, por maloliente. Un tirón y vuelve al suelo. Pureza. Placer, orgullo, muerte. Esto nadie me lo enseñó. A veces, las más, se me olvida.

martes, 22 de junio de 2010

RF descubre el centro del mundo.

Roger Federer friega los cacharros de cocina después de un copioso almuerzo.

Últimamente, cada vez con más frecuencia, se salta el estricto orden de comidas que le dicta su dietista. Lo hace con placer y sin pizca de remordimiento, no os creáis. Hoy, Roger Federer se ha comido medio paquete de patatas lays campesinas, cuatro espárragos untados en mayonesa, dos rebanadas de pan integral, un par de trozos de queso especiado, un enorme filete de ternera pasado vuelta y vuelta por la sartén, un cuenco de fresas troceadas en yogur natural y dos copas de un Valdepeñas que le obsequiaron en su último paso por Madrid.

Con el estómago lleno y la tranquilidad de encontrarse solo en casa (este fin de semana Mirka se ha llevado a los bebés a casa de los abuelos), Roger Federer se afana relajadamente delante del fregadero. Desde el salón le llega el sonido de la repetición grabada del partido entre Andy Murray y Andy Roddick en las semifinales del pasado Wimbledon. Mientras friega, escucha el golpeo rítmico de la pelota, las interjecciones de esfuerzo de los dos tenistas y el aplauso intermitente del público. Roger Federer imagina que los sonidos del partido corresponden a la esmerada tarea de enjabonar y enjuagar platos y cubiertos. Se concentra en eliminar todo resto de aceite de la sartén y el público le anima con ovaciones salpicadas.

Roger Federer vuelve al salón después de haber secado y ordenado vajilla y cubertería. En la pantalla, los dos Andys siguen a lo suyo.

Sobre un trofeo menor colocado junto al televisor, Roger Federer descubre una pequeña avispa. Acuclillado, con la nariz a un palmo del insecto, la observa durante unos segundos. Se halla tan quieto –el insecto- que cualquiera pensaría que ha vivido toda su vida posado sobre el trofeo. Se halla tan quieto –Roger Federer- que cualquiera pensaría que toda su vida soñó con ser una avispa congelada sobre un trozo de metal.

Roger Federer se alza muy despacio, la avispa sigue sin moverse lo más mínimo. Sale del salón y vuelve con una servilleta en la mano. Despliega el trapo sobre la avispa con la solemnidad con la que se cubre con un manto algo valioso y delicado. Sale al patio de su casa y con cuidado libera al insecto, que inicia un veloz vuelo en diagonal elevándose hacia lo alto. La avispa escapa de la vista de Roger Federer que es cegado durante un instante por la luz del sol.

jueves, 3 de junio de 2010

grandes citas.

Nunca te darás cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdas, o hasta que comprendas que nunca lo tuviste.

La juventud nunca se pierde. La juventud nunca llega. Sólo serás un niño con barba.

- Papá, ¿podré llegar a madurar algún día?, ¿llegar a ser como tú?
- Vete a la mierda.

No sé si tengo hambre o me estoy cagando.

Estarás más triste cuando se hallan acabado los motivos para estarlo.

¡Barrabás!

-¿Y a tí qué te gusta?
- A mí me gusta el huevo frito con patatas.

lunes, 26 de abril de 2010

Parque

Ahora sueño poemas,
aunque nunca escribí uno.
Miro el río y la hierba,
escucho las hojas y los pájaros.

Los perros corren mojados,
el ciclista usa una mascarilla,
ese hombre calvo disfruta del paseo
y la embarazada parece que no tanto.

Pero estos árboles y esta hierba,
este río y estos pájaros,
están plantados
y encauzados
y controlados.

Sólo las niñas que corren no lo saben.
Alegres y sonrientes huyen de sus madres,
que se asustan de que caigan al agua
y se den cuenta también,
de que todo es de mentira.

sábado, 13 de febrero de 2010

Cerves y patos.

Se llama Curro. Extraño nombre para un señor holandés que ya dejó atrás los respetables sesenta años, pensaréis. ¡Esperad! ¡Sí, allá va! Con gesto solemne toma el vaso de cerveza templada que descansa sobre la barra del Beer Museum y se lo lleva a los labios. Deja que el líquido se vierta con lentitud bajo su lengua, acumula un largo trago en su boca y lo saborea durante no menos de cinco segundos como quien se enjuaga con colutorio bucal. Se deja acariciar el interior de las mejillas, a derecha e izquierda, pasea el líquido por el espacio entre sus dientes delanteros y sus labios una vez y luego otra, lo desliza suavemente hacia su garganta y lo ingiere con la sentida actitud con la que se le da una buena calada a un cigarro. Mira al frente fijamente mientras se rehace en el amargo sabor de la cerveza de trigo y devuelve el vaso a la madera.

Se llama Curro y ahora mismo está pensando que no se necesita más que esto para que la vida merezca la pena. Sus chapetas coloradas son el mejor testimonio de ello.

Cuando termina con el vaso, paga las siete cervezas que ha tomado y aquella a la que invitó a su amigo Aldo (ése sí que tiene un nombre mucho más holandés), se pone su abrigo, los guantes, se despide de algunos conocidos y sale del bar regocijándose en la ligera torpeza de sus pasos y la burbuja de ebriedad en su cabeza que algodona sus pensamientos.

En la calle hace un frío de mil demonios, pero Curro necesitaría que se lo dijesen para darse cuenta. El cielo gris de febrero baña todo Alkmaar con una luz que más que dar parece sustraer color a las cosas, volviéndolas planas y restándoles materialidad. Ligeramente inclinado por la borrachera, Curro camina con lentitud de vuelta a casa.

Un fuerte chapoteo a su lado le hace mirar al canal y allí ve un inmenso cisne blanco que aletea contra el agua con toda su elegante envergadura. El animal despliega sus enormes alas al tiempo que yergue su interminable cuello al cielo alzándose del agua como si luchase por romper sus vínculos con lo terrenal y elevarse a Las Alturas. Curro no puede más que admirar semejante prodigio de bestia, ofreciéndole una sonrisa bobalicona a la que el cisne responde con una mirada de desconfianza antes de alejarse dándole la espalda. Sintiéndose rechazado, Curro intenta maldecir todo lo bello sobre la tierra, pero su sensibilidad –que la tiene y no es poca- no se lo permite. Suspira entre dientes, levanta una nube de polvo al lanzar un pequeño puntapié a la nieve y prosigue su marcha.

En el preciso momento en el que el sabor salado de una lágrima le sorprende al deslizarse entre la comisura de sus labios, un graznido saca a Curro de su ensimismamiento. ‘¡Cuack, cuack!’. Meciéndose graciosamente a los lados, un pato nada a lo largo del canal sonriendo a una y otra orilla. Una oleada de entusiasmo infantiloide sacude a Curro, que no duda en seguir al pato a paso ligero una vez que el animal pasa frente a él. El pato surca tontamente las aguas desplegando a sus lados dos leves ondas en forma de V. Curro camina torpemente dejando sobre la nieve el rastro de sus pisadas.

Poco a poco, el pato curva su trayectoria hasta alcanzar la orilla opuesta a Curro, sale del agua con un pequeño salto y se dirige a un solar donde descansan al menos una docena de sus congéneres. Curro aligera su marcha hasta el siguiente puente, cruza al otro lado y va en dirección al solar.

Se adentra en él, pisando los escombros escondidos bajo el manto nevado. Sonríe con los ojos a los patos que le rodean. Algunos lo miran un instante para luego volver a lo suyo, los más ni siquiera eso. Ninguno de los patos se mueve, pareciendo aceptar al visitante.

Curro se sienta con cuidado entre los patos. El frío helado cala sus pantalones y la sensación le hace relajarse aún más. De su abrigo saca una cajetilla de tabaco, se enciende un cigarro y por un momento piensa en aplastar un camel en su puño y ofrecérselo desmigajado a uno de los patos a su lado. No lo hace porque sabe que los patos no suelen comer tabaco, pero si fuesen un poco más humanos, de buena gana los invitaría a una cerveza. Vaya que sí…

martes, 2 de febrero de 2010

Greguerías de los no encontrados

Perro, perro, perro negro,
de sonrisa ametrallada
y babeo de lamentos,
¡¿quieres callarte!?
Se huele la sangre
en tus fauces insaciables.

De ti nada quiero.


Llovían vasijas de cobre,
¡llovían!
del carrito del triste buhonero.
¡Que alguien las coja,
que ruedan y ruedan!

Ahí va una -y la cogí-.
Con esto podemos comer.

Al buhonero pregunté,
pero no quiso saber nada.


Extasiado por su belleza
al roble me acerqué,
pidiendo amparo.
¡Tú, frondosa criatura!
El roble agitó sus ramas
y una bellota y un cuervo muerto
cayeron con estrépito a mis pies.

Torpemente se marchó,
balbuciendo sus miserias.


Llovían también zafiros
y redondas obsidianas,
del toldo blanco chorreaban.
Catorce niños se acercaron
y abrieron sus bocas.

¡Con esto podemos comer!
Y sonreían mientras tragaban.

Un joyero se asomó por su ventana.
Yo le pregunté,
pero no quiso saber nada.


Cuatro precandidatos
discutían sobre un estrado,
postulándose para morir,
postulándose para matar.

El primero besó a un erizo
que por allí hacía su penitencia.
El segundo chasqueó los nudillos
y defecó sobre aquél.
El tercero disparó en la nuca
a su propio jefe de campaña.
El cuarto me tiró un caramelo y sonrió.

¡Asco me das!

De ti nada quiero.


Había patatas viejas,
con bulbos nacientes
y la piel arrugada
y la piel ennegrecida
tiradas al fondo del callejón.

Había muchas patatas y yo cogí dos.

Pregunté al frutero de la esquina,
pero no quiso saber nada.

Había patatas nuevas,
lisas y bien redondas,
y la piel amarillita
y la piel brillante y bonita
en un enorme y limpio cajón.


Niño convertido en pedrería
de zafiros y obsidianas
consiguió alcanzar la autovía
y huyó a una ciudad lejana,
mas dos malhechores
le asaltaron en un desvío.

¡Con esto podemos comer!
Y devoraron hasta el último cristal.

Niño convertido en pedrería
de zafiros y obsidianas
no pudo seguir viviendo.
Su alma se licuó en llanto
sobre un meado de perro.

En el asfalto permaneció
inmóvil y mohíno,
y al tercer día se evaporó.


Una canción crepitaba
en rinconcillos vírgenes
de mi cabeza cándida.
Corrí a casa y la escribí.

En mi casa vivía un crítico,
en mi nevera vivía,
rodeado de fruta y verdura,
rodeado de filetes,
rodeado de yogures.

Le pregunté su opinión,
pero no quiso saber nada.

Lo saqué de la nevera
y lo metí en la despensa.
Le miré de mala gana.

¡Asco me das!

sábado, 24 de octubre de 2009

Microhistorias Contemporáneas.

Friedrich Nietzsche y Giorgio de Chirico estuvieron sentados en la terraza de un mismo bar en la Plaza de la República de Turín. Treinta y tres años separaron un hecho del otro, pero ambos sucedieron en un mes de marzo. En aquellos momentos, los dos hombres estaban solos. Nietzsche tomó un espresso acompañado de una brioche de chocolate, mientras que de Chirico pidió un batido de fresa que bebió a largos sorbos de pajita alternados con profundas caladas a un puro toscano.

Juan Benet y Luis Martín-Santos mantuvieron una profunda amistad que lograron compatibilizar con una soterrada y malsana envidia. No es ningún secreto. Menos conocido es el episodio en el que los dos escritores acabaron enzarzados a golpes a la salida del Café Patronato, en Calle de la Encomienda, Madrid. Los que algo saben del rifirrafe se dividen entre quienes cuentan que ambos estaban demasiado bebidos para pelear por algo con sentido y entre aquellos que dicen que la verdadera causa del altercado no fue tanto el alcohol como que Benet le mentara a la hermana a Martín-Santos.

El logo de Black Flag fue diseñado por Raymond Pettibon a los veintiún años. Según cuenta Henry Rollins, por aquel entonces Pettibon era un adolescente flemático e introvertido capaz de realizar una docena de dibujos en un solo día. Rollins sigue explicando, ‘nunca se le había pasado por la cabeza ser o considerarse un artista. Escuchaba jazz a todas horas. Y mientras lo hacía, dibujaba. Eso era todo’.

Mientras Kim Deal perdía la virginidad, sonaba ‘Don’t you just know it’ de The Sonics. Mientras la perdía Kim Shattuck, ‘Some girls are bigger than others’. Mientras la perdía Kim Gordon no sonó música alguna, pero después de correrse, el chico con el que lo hizo tarareó el estribillo de ‘Rip her to sherds’.

Aunque la mayoría habría apostado por encima, sólo el 7% de la biblioteca de Roberto Bolaño contiene notas en los márgenes de página escritas en puño y letra del escritor chileno. La más llamativa de todas ellas la encontramos en ‘El lobo hombre’ de Boris Vian, y reza: ‘Qué sabrás tú, si eres un gato…’.

En el mundo hay setenta y ocho mil ochocientos cuarenta y tres perros (78.843) llamados ‘Leo’ en honor al futbolista argentino Leo Messi. Contra este dato, únicamente existen doce mil trescientos dos gatos (12.302) bautizados así por el mismo motivo.

En su sexto cumpleaños, César Aira tropezó con la raíz de un árbol mientras jugaba al escondite con los demás chiquillos, cayó al suelo y se mordió los lados de la lengua provocándose dos profundos cortes. A lo largo de su vida, César Aira ha variado las circunstancias del accidente más de una treintena de veces. De las distintas versiones, las más repetida es aquella en la que se hería al lamer una fría roca cuyo aspecto le recordó al helado de turrón.

En una entrevista para la revista musical Mojo, Bret Easton Ellis atacó a Dennis Cooper diciendo que no haría falta reunir más de quinientas billeteras traídas de distintos lugares de los Estados Unidos para encontrar un dólar que hubiese estado en la nariz de Cooper.

David Bowie soñó la canción ‘Revolution’ de Spacemen 3 en 1974. En aquel sueño, caminaba de noche por la ciudad de Londres, una intensa luz blanca brillaba en el centro de su frente y todos aquellos que al cruzarse con él miraban directamente a la luz quedaban cegados en el acto.

Hay quien piensa que, al menos en origen, toda la teoría alrededor de Naked City y la deriva urbana ironiza con el pésimo sentido de la orientación de Guy Debord.

Un taxista sevillano presume de haber transportado a Madonna y a Bruce Springsteen. A ambos en secreto. A ambos en plena noche. A la una dice haberla recogido a la salida de un selecto bar de copas muy cercano a la Catedral. Al otro dice haberlo llevado a un pequeño helipuerto escondido en algún punto entre Alcalá de Guadaira y El Viso del Alcor.

Federico Soriano defiende que el ejercicio de la arquitectura se basa en saber detectar problemas reales, disparar rápido y con temple, como un vaquero, y tener ciertos mitos que te acompañen en el camino. Para refrendar la importancia de esto último, en su cartera porta una entrada de la filarmónica de Berlín cuidadosamente plegada en cuatro.

Seis de cada diez estadounidenses afirmarían que ‘La naranja mecánica’ fue escrita por Stanley Kubrick. De los cuatro restantes, tres responderían que no conocen ‘La naranja mecánica’, y sólo el último señalaría que la película de Kubrick es una adaptación de una novela de Anthony Burgess.

Cuando se disponía a arrancar su coche y volver a casa después de una noche de rodaje, un ruido bajo sus pies hizo a Michael Haneke bajarse de su vehículo a inspeccionar. Arrodillado, apoyado en sus manos y con ambos hombros a menos de un palmo del suelo, vio el reflejo amarillo de dos ojos redondos. Haneke estiró su brazo derecho todo lo que pudo tratando de alcanzar al animal. Entonces recibió una rapidísima dentellada de lo que resultó ser una rata negra del porte de un gato bien alimentado. Cuando fue hallado muerto seis días después, el animal aún conservaba restos de sangre seca del director alrededor de su boca.

Perter Fischli tuvo cinco relaciones estables entre los diecinueve y los veintiocho años. Sin quedar demasiado claro hasta qué punto trataba de ser irónico, Fischli describía a todas aquellas novias con quienes compartió casi una década de su vida llamándolas ‘niñas aburridas indiferentemente perplejas’. Según contaba, ninguna de ellas solía aparecer mientras él y David Weiss trabajaban, y cuando alguna lo hacía era pasando de largo, como quien cruza un paso de cebra. A la pregunta de qué le daban aquellas chicas para haber compartido con ellas periodos generalmente largos, Peter Fischli respondió: ‘Cuando bostezaban y decían ‘no lo entiendo’ se ponían realmente hermosas’.

Gómez de la Serna recitaba subido al lomo de un elefante. Valle-Inclán se quejaba de que no le dejaban subir al tranvía acompañado de dos leones. En una carta dirigida a Felice Bauer, dice Kafka: ‘No es que tenga una cierta tendencia a la literatura, es que soy literatura’.

Una mañana, después de levantarse, Keith Haring buscó sus gafas a tientas por todos los rincones de su casa. Tras media hora de búsqueda infructuosa, decidió dejarlo para más tarde a pesar de su tremenda miopía y bajó a la calle a comprar el periódico. Al poner Keith Haring el primer pie fuera de su portal, la luz del mediodía le golpeó con violencia la cabeza. Abriendo los ojos de par en par, el artista vio cómo los edificios se arremolinaban en cascadas que caían con fuerza sobre él aplastándolo contra el asfalto.

En una ocasión, Charles Eames acompañó a su por entonces todavía novia y luego esposa, Ray Eames, a tomar un avión que la llevaría a pasar las vacaciones de verano a casa de unos conocidos en Santa Maria, California. En el momento en que Ray pasaba los controles de seguridad y se adentraba en el pasillo de embarque, Charles Eames vio cómo la muchacha se daba la vuelta y, alzándose con gracia sobre la punta del pie derecho, asomaba entre el resto de pasajeros, luciendo una bellísima sonrisa y agitando suavemente una mano en alto en señal de despedida.

lunes, 26 de enero de 2009

El romance de la Princesa del cuerpo estirado



La princesa
tiene frío.
Se siente presa
del vacío.

¡Lacayo,
traiga cuerda y caballo!

Se posan los cuervos
en las ramas
y miran atentos
el drama.

¡Lacayo,
áteme fuerte al caballo
y entierre después
mi cuerpo estirado!

Mientras la peinan
el príncipe decía:
¿Por qué no quiso ser reina
ni un solito día?

¡Carpintero,
soldados y clero!
Les encargo
misa, desfile, ataúd
¡de tres metros de largo!

Funeral de estado.
Llora el pueblo llano:
¡Si yo fuese princesa,
duquesa o condesa
no me habría matado!

¡Pobre princesa
del cuerpo estirado
si yo fuese ella
yo no me habría matado!

lunes, 11 de agosto de 2008

El juego.

Es el turno de Georges Perec. Jugar al 'veo veo' en el interior de un ascensor no es sencillo, y a pesar de la actitud relajada del escritor, un ligerísimo fruncir de ceño delata el esfuerzo analítico al que se está sometiendo. Manosea el llavero de su casa en el interior del bolsillo de la chaqueta produciendo un ruido rítmico de llaves que entrechocan. Frente a él, un niño pequeño con cara de aburrimiento espera una nueva ronda de juego mirando al bolsillo que se mueve a la altura de sus ojos. En una esquina de la cabina, visiblemente apartado del resto de la escena, un adolescente esmirriado mira al suelo con indiferencia mientras escucha música en su walkman. 'We're gonna kill the California girls'.

Llevan así casi un cuarto de hora y la estampa ha variado poco en ese tiempo. Ante el nerviosismo del pequeño al detenerse el ascensor a mitad de trayecto, Georges Perec propuso jugar al 'veo veo' y en ésas están. El primer turno fue para el niño y en un solo intento Perec averiguó que su atención se había detenido sobre 'la puerta'. La segunda ronda del juego y primera de mano del escritor se prolongó durante cuatro minutos y se cerró sin que el crío identificase debidamente el linóleo coloreado que reviste el suelo de la cabina. Su contrincante, que en un intento desesperado había dicho 'suelo' obviando que la cosa que buscaba empezaba por L, se disgustó y reprochó a Perec entre pataleos que él no sabía qué era eso del linóleo e insistió en que también él había acertado. Las malas pulgas del chiquillo cambiaron a estupefacción y luego a desinterés cuando Perec se arrancó a explicarle que el linóleo era un revestimiento impermeable para pavimentos hecho con tejido de yute impregnado en una mezcla de aceite de linaza y harina de corcho inventado hacia 1860 por el británico F. Walton, aunque ahora el término se use para designar cualquier revestimiento de pavimentos que se constituya de una tela impregnada de material plástico, como era el caso. El adolescente, hermano mayor del niño, respondió girando la cabeza cuando los otros dos lo miraron como preguntándole si quería servir él la tercera ronda. Viendo que el entusiasmo del pequeño disminuía visiblemente, Georges Perec intentó darle emoción al segundo juego del niño acariciándose el mentón y resoplando durante un rato antes de decir ‘espejo’.

Ahora es el turno de Georges Perec, que observa con detenimiento cada centímetro del ascensor. En la escalera, los padres de los niños llaman de puerta en puerta pidiendo a sus vecinos una aguja de hacer ganchillo con la que abrir la puerta del ascensor. El pequeño bosteza. El adolescente rebobina y pulsa play. La luz halógena parpadea, y con un pequeño chasquido deja de funcionar. Se hace la oscuridad en la cabina del ascensor.